Episodio 11 «Un hogar con vistas»

(Olvidar la rutina)

Por la tarde, las cosas me empiezan a parecer realmente aburridas. ¿Tan estresada estaba antes que ahora no soy capaz de vivir sin que me marquen el ritmo?

Debo de estar mal de la cabeza. Se supone que estar tumbado al sol con unas vistas paradisíacas, es todo lo que debe hacerse en vacaciones.

Como lo único que hacía antes, aparte de trabajar, era limpiar mi casa, me pongo a sacarle brillo a la caravana ¡Cómo si no estuviera ya lo suficientemente limpia y ordenada! Se me ocurre que me falta un cuchillo del pan y me planteo pedirlo por Amazon hasta que caigo en la cuenta que no tengo dirección, ni calle, ni número. Quizás en el pueblo haya un local social o un apartado de correos dónde pueda hacer llegar mis pedidos o incluso algo mejor, quizás haya un bazar donde comprar mi cuchillo. Se me escapa la risa. Esta es una de las cosas que tampoco hacía, ir a comprar a tiendas físicas. No tenía tiempo. Cuando dejaba de trabajar, todo estaba cerrado.

Cojo mi coche y me acerco conduciendo al pueblo.

He estado todo el camino rodeada de naturaleza. El pueblo es una pequeña aldea en un valle, rodeado de montañas. Imagino que los inviernos deben ser duros, con una niebla espesa que no se levanta hasta el mediodía y días que ni siquiera lo hace.

En este mes de junio se está de fábula. Hace un sol precioso y poco calor, lo encuentro ideal.

Me cruzo con dos señoras bastante mayores que charlan animadamente en la calle. Aquí no hay aceras, ni semáforos. Cuando me doy cuenta, me he salido del pueblo, así que giro en redondo y recorro más lentamente la telaraña de calles en ambas direcciones, que no son muchas.

Cuando vuelvo a pasar por delante de las dos mujeres, me miran como esperando que les diga algo, así que no las defraudo.

-Perdonen, ¿hay alguna tienda cerca por aquí?

-Sí, en Falac, a unos veinte minutos, allí tienes de todo lo que necesites –me responde encantada una de ellas.

-¡Voy para allá! –agradezco con una sonrisa.

Cuando llego al pueblo donde lo voy a encontrar todo, sólo veo una pequeña cafetería, un mercado de frutas y verduras en la calle, correos, una ferretería, el centro de asistencia donde me llevó Guillaume y un supermercado. Supongo que esto era para ellas, todo lo que necesito.

No parece que vaya a distraerme mucho por aquí.

Al pasar por delante del único semáforo de la zona, giro a la derecha para meterme en una gran plaza con varios árboles y una panadería. Al fondo, una gran mansión con azulejos verde esmeralda en la fachada, preside el lugar y una humareda negra sale de una de las ventanas del segundo piso. La gente empieza  a salir para verlo.

-¡Se está quemando el archivo! -grita el ferretero.

El edificio de mampostería antigua está empezando a tomar un color negruzco debido al humo que sale por una de las ventanas.

-¿Te extraña? -le comenta una mujer de mi edad pero con una vestimenta que podría llevar mi abuela.

¿Qué le pasa a la gente en este pueblo? ¿Tienen una máquina del tiempo y vienen del pasado? me digo, recordando la gorra de pana de Guillaume.

Me quedo mirando a la mujer con demasiada atención y ella me la devuelve. Después se mira el atuendo y me aclara:

-Es el día vintage. Los comerciantes y la gente del pueblo, organizamos un día temático una vez al mes para darle un poco de alegría a la vida. Aunque también disponemos de un vecino desgraciado que nos viene a aguar la fiesta ¡Esta vez, incendiar! -Me responde muy enfadada, volviéndose para su cafetería mientras las sirenas de los bomberos con sus grandes vehículos hacen su aparición en la plaza.

La sigo con la mirada cuando cruza su puerta con el típico móvil musical de las tiendas antiguas y se cierra de golpe. La madera de los marcos del aparador y los porticones de las ventanas son de color verde oscuro. A juego con el toldo de rayas verdes y blancas. No sólo su vestido parece de otra época. Su establecimiento encantador, tiene todo lo que yo imaginaría en una casita de muñecas. Me fijo en un papel blanco pegado con celo en uno de los cristales de la puerta con cuarterones.

Cuando me acerco, logro leer » Se necesita dependienta».

¡Es exactamente lo que andaba buscando! ¡Me alegro de haberlo encontrado tan rápido! Ahora veremos si consigo el trabajo.

Entro no muy convencida de que sea el mejor momento. Parece muy enfadada y si no está receptiva, me será difícil que cambie de opinión.

El ruido del sonajero colgante avisa de mi presencia. Ella está acomodando unos libros al fondo a la derecha, en unas grandes estanterías de roble. Parece como la versión antigua de los modernos cafetería/librería. Si el exterior me tenía maravillada, el interior es aún más sorprendente y acogedor. Tonos amarillos y verdes claros revisten las paredes. Flores en jarrones sobre las mesas redondas también de roble y sillas de madera con reposabrazos.  Al fondo, una gran cristalera que da mucha luz a la estancia y por la que se puede ver un hermoso jardín lleno de enredaderas verdes en los muros  y rosales a su alrededor. En el centro, pero bastante separadas, más mesas redondas, esta vez de hierro, igual que las sillas trabajadas por un experto herrero.

¡Necesito este trabajo como el respirar, me parece un lugar de ensueño!

-Hola otra vez… -le digo cuando me dirige la mirada- Venía por el cartel.

Se vuelve a escuchar las campanillas de la puerta. Tras de mí, vuelvo a ver la gorra de pana y debajo de ella, a Guillaume. Me mira tan sorprendido como yo a él.

-¡Vaya! ¡Qué pequeño parece el mundo!  ¿No?

Me quedo sin aliento. Él sabe que vivo en una caravana, le he contado que estaba allí sin permiso y aunque me ha dicho que no tendría problemas, considero que no es un buen currículo cuando alguien va en busca de un trabajo. Aprieto mis manos, casi clavándome las uñas en las palmas. Espero que no se le ocurra decir nada sobre eso.

-¿Os conocéis? –Pregunta la chica- ¡A quién no conocerás tú Guillaume!

-parece regañarle- Llegas en el momento adecuado. Tu amiga quiere el trabajo.

Siento como un fuego frío avanza por mi columna ¡Se conocen, así que no tengo nada que rascar! ¡Quizás hasta son pareja! ¡Todavía sería más raro y complicado!

-¡Ah! ¡Vaya! ¡Menuda sorpresa! -exclama Guillaume sonriente- Entonces… ¡acompáñame!

Abre la puerta con el correspondiente tintineo, dejándome pasar a mi primera. Los pies parecen titubear pero se mueven sin que mi cerebro se lo ordene. Mi “yo” en estos momentos, saldría corriendo en lugar de quedar más en ridículo.

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