Episodio 12 «Un hogar con vistas»

(El mundo es un pañuelo para los ingenuos)

Los bomberos siguen en su afanoso trabajo. Cruzamos la plaza hasta un coche negro todoterreno. Es nuevo y brillante. Guillaume me abre la puerta y la mantiene abierta animándome a entrar.

Me sorprende su buen humor, en comparación con el resto de la gente ante el incendio que parece estar apagado cuando ya sólo sale una gran humareda negra pero no se ven llamas.

-¿Tú no estás enfadado por lo del incendio?

-¡Ah! ¿Eso? ¡no! Lo que querían quemar no está ahí –dice con una carcajada.

No me atrevo a preguntarle más por no parecer una cotilla pero su respuesta me parece de lo más misteriosa.

Justo en la salida del pueblo, toma una vertiente hacia la derecha y por un camino sin asfaltar pero muy liso y cuidado llegamos a una masía vallada con cipreses. Unos al lado de otros, apenas puede verse a través. La gran casa solariega de piedra tiene enredada una hiedra en toda su fachada.

Una mujer de cabello blanco peinado en un moño, con delantal y guantes de jardinera, está arrodillada plantando petunias en el borde del césped. A su lado un gato blanco y negro, se revuelca panza arriba disfrutando del sol. Parece una estampa salida de un cuento de hadas. Nos acercamos a ella. La mujer nos mira y nos sonríe.

-Mamá, quiero presentarte a Marie, está interesada en la librería –le comenta Guillaume.

¡Vaya! ¡Qué sorpresa! Su madre es la dueña de la librería.

-¡Por fin alguien interesada! ¿Queréis tomar algo? He hecho unas galletas.

Se levanta y camina hacia la casa, quitándose los guantes y guardándolos en los grandes bolsillos de su delantal. El gato blanco y negro parece muy interesado en su invitación porque deja de revolcarse para seguirle elegante, levantando mucho la cola y restregándose contra sus piernas.

-¡Silvestre! ¡Vas a hacerme caer! ¡Siempre tan mimoso!

Nos acomodamos en el salón frente a una pequeña mesita de mármol labrada. La madre de Guillaume nos trae unas galletas que huelen a canela.

-¿Eres nueva en el pueblo, verdad?

-Sí, no hace mucho que he llegado. Buscaba un lugar con el encanto que tiene este pueblo y sus alrededores. Estoy realmente maravillada con este paisaje.

-Tienes razón. Yo también quedé prendida de este lugar y ya nunca más me moví de aquí. Conocí a mi marido y tuvimos a Guillaume y a Esther, que imagino que habrás conocido en la librería.

Asiento con la cabeza. Ahora ya sé qué les une a los dos. ¡Son hermanos! y yo imaginaba que pudieran ser pareja.

-Esther está cansada de la librería. Me ha sustituido desde que me jubilé y hasta que consiga a alguien que esté realmente interesada en ella. Así que no voy a hacerte muchas preguntas, sólo ¿cuándo puedes comenzar a trabajar?

-Pues desde ¡ya! No tengo otros planes.

-Perfecto porque así Esther podrá descansar y volverse loca con sus gemelos. Tiene dos niños muy revoltosos pero que se hacen querer. Ya los conocerás porque les gusta mucho leer y cada viernes van en busca del mejor libro de cuentos. Tendrás que estar a la última en libros infantiles porque son unos grandes devoradores de historias. No he de decirte que no has de cobrarles. Es mi regalo de abuela. Un libro para cada uno a la semana.

Y de Guillaume, ¿qué he de decirte? Cóbrale hasta el último centavo de cafés, a ver si logro que se pase al té.

-¡Mamá! Si me cobras, dejaré de  trabajar gratis, tú verás… –dice sonriente.

-Ya tienes bastante con tu trabajo en el ayuntamiento. Demasiada responsabilidad para un solo hombre. ¡Siempre te lo he dicho!

-¡No exageres! Ya sabes que me divierte.

Me quedo con cara de no entender nada y los dos me miran.

-Parece que no sabes que mi hijo es el alcalde del pueblo.

Ahora entiendo por qué me decía que no iba a tener problemas con mi caravana.

-No lo sabía, no. Lo que sí sé es que es un buen pescador –digo con una ironía que sólo entiende el aludido.

Guillaume se echa a reír.

-Eso me extraña un poco… ¿Ya has extraviado la caña de tu padre? –le pregunta.

-No, mamá. Sigue entera y he vuelto a colocarla en su sitio. Además he logrado pescar un gran carpa esta mañana.

-¡Me extrañaría! Nunca te ha gustado pescar en el lago. Tú eres más de disfrutarlo de otra manera. Por cierto, ¿cómo va la casa? ¿Has logrado que el arquitecto dé por finalizada la obra?

-Está muy meticuloso como siempre pero creo que a estas alturas ya no tendrá ninguna excusa más. Tengo ganas de inaugurarla e irme a vivir allí. Lo de vivir en el hotel está bien por un tiempo pero el viernes que viene hará ya ¡medio año!

-¡Qué barbaridad! ¡Cómo pasa el tiempo! -dice su madre- Me llamo Eleonor, no te lo he dicho, Marie –comenta dirigiéndose a mí-. ¿Entonces, empiezas mañana?

-¡Sí! ¡Por supuesto!

Esther te explicará cómo funciona todo y Guillaume trabaja al lado, así que también puede echarte una mano o resolver tus dudas.

-Uhmmm! Mañana creo que no trabajaré

-¿Cómo es eso?

-Bueno, imagino que tendremos que esperar a que se vaya el olor a humo y pintar después.

-¿Qué dices? ¿Al final han intentado incendiar el ayuntamiento como imaginabas? ¡Mira, que esta gente no es de fiar! No andan bien de la cabeza y parece que no les para nada ni nadie. ¡Me está dando miedo por ti, Guillaume!

-¡No pasa nada, madre! Voy con cuidado, ya lo sabes.

-Tú sí, pero ellos no parece que tengan límite

-Alguien ha de pararles los pies

-Sí, pero yo sufro con que tengas que ser tú ese “alguien”. Soy egoísta, lo admito.

-No te preocupes. Te mantendré informada, ¿de acuerdo?

-Bien, pero no te arriesgues.

-Que nooo… –repite poniendo los ojos en blanco- Voy a devolver a Marie a su casa y vuelvo a echarte una mano con las petunias.

-De acuerdo. ¡Nos vemos pronto, Marie!

-Gracias por el trabajo, Señora Eleonor.

-¡Nada de señora! aquí en el pueblo somos una gran familia.

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