Episodio 2 «Eloise, ¿Por qué sonríes al mar?»

Eran las tres del mediodía y aquello parecía totalmente desierto. ¡El calor era sofocante! No sabía dónde se habrían metido todos los chicos guapos y simpáticos que me había prometido mi padre. ¿Quizás debajo de las piedras? ¿No serían sapos?

¡Uf! ¡No tenía ni idea! pero estaba nerviosa.

Fuimos de nuevo al coche a recoger algunas de nuestras pertenencias para poder colocarlas en nuestro nuevo hogar.

Las casetas de madera estaban dispuestas una al lado de la otra, haciendo pasillo, salvo en la zona central en la que se encontraban dos de mayor tamaño en una gran explanada de cemento.

Todas estaban mirando al mar, al mar más azul y al cielo más claro que había visto jamás. Seguro que de noche podría ver miles de estrellas.

¡Qué lugar más maravilloso!

Cada caseta tenía una pequeña jardinera bajo la ventana hecha de obra en el mismo suelo. Para mi sorpresa la nuestra tenía varios pomos de flores de san juan, preciosos. Alguien se había entretenido en cuidarlos.

Mi padre metió la llave en la cerradura de la puerta de madera pintada de verde hoja, igual que las del resto de las casetas. Eran como las típicas de establo, partidas por la mitad. ¡Me encantaban! Me imaginaba apoyada en la puerta inferior al final de la tarde mientras miraba cómo las gaviotas sobrevolaban la inmensidad azulada.

Y las ventanas de madera también eran curiosas. Podían levantarse y se enganchaban con unas finas barras de hierro convirtiéndose en un toldo para que el sol no molestara pero sin que eso supusiera perderse las preciosas vistas.

El resto de la casa era igual de acogedora. Un salón comedor con estanterías en una de las paredes. Una pequeña cocina y una gran sala para la nevera y demás pertenencias. Un baño con una ducha que era el mismo suelo encementado al que le habían añadido un desagüe y dos pequeñas habitaciones totalmente forradas de un terciopelo granate que le daba calidez. Una mezcla extraña al principio pero muy amorosa. Iba a dormir en una litera. Cogería la de arriba, me encantaba dormir en las alturas y al lado de mi cabeza, una pequeña ventanita con un porticón que se deslizaba lateralmente, por la que podía ver el tren cuando pasaba.


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